martes, 27 de marzo de 2012

La Torre Ciega, Cartagena

Si no hace mucho visitamos uno de los tres ejemplos de torres-funerarias romanas en la Península, hoy hacemos lo propio con otra de ella, la Torre Ciega de Cartagena. Hasta mediados del siglo XX, antes de que fuera descubierto el teatro, era el único monumento romano que quedaba en pie en la antigua Carthago Nova. El monumento estaba dedicado a Tito Didio, procónsul de la Hispania Citerior en el 94 a. C. Como ha ocurrido con tantos otros monumentos antiguos, las leyendas sobre tesoros escondidos en él le hicieron correr peligro, llegando al propio siglo XX en un estado de avanzado deterioro, siendo finalmente restaurado. Las excavaciones en torno a este mausoleo nos han dado la información de que ésta formaba parte de una gran necrópolis romana.


















*Fuente: ArteHistoria, Junta de Castilla y León

El más antiguo de los monumentos turriformes conservados en la Península Ibérica es el de Cartagena que tradicionalmente se ha venido conociendo como la Torre Ciega, y que resulta al mismo tiempo el menos canónico de todos ellos. En el año 1598, un cartagenero, Francisco de Cascales, lo describió con prolijidad, y desde entonces ha despertado la atención de los investigadores. Nicolás de Montanaro la dibujó ya a principios del siglo XVIII. Poco a poco, y como testimonia una amplia serie de documentos de los siglos XVIII y XIX, el edificio se fue deteriorando, hasta llegar a amenazar ruina total a mediados del siglo XX, por lo que fue objeto, en los años 40, de un primer intento de consolidación a cargo de A. Beltrán, y de una obra ya más completa en los años 60, dirigida por Pedro Sanmartín. Según lo que puede observarse en los dibujos y las descripciones antiguas, el monumento constaba de un basamento de tres hiladas de sillares, coronado por una moldura, sobre la que se alzaba el cuerpo principal, ligeramente retranqueado y coronado por otra moldura; el remate lo constituía un tronco de cono terminado en una semiesfera; lo más interesante de todo ello, aparte de la forma general del edificio, es el revestimiento que cubría tanto el cuerpo principal como el remate troncocónico: un reticulado formado por pequeñas pirámides de piedra volcánica clavadas en la masa del mortero aún fresca, dejando visible al exterior sólo su base, que aparece dispuesta en forma de tombo; la sucesión de estas pirámides confiere a la superficie un aspecto de tablero reticular que le da el nombre de opus reticulatum con que se designa esta técnica.

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